
A simple vista, cualquiera podría pensar que empresas como Moove Cars —el mayor operador de VTC en España y socio de Uber— están haciendo un negocio redondo. Miles de coches circulando todo el día, carreras constantes y una marca respaldada por una multinacional. Sin embargo, la realidad es bastante diferente: su modelo de negocio es muy frágil y depende totalmente del dinero que le presta Uber.
¿Por qué ocurre esto?
El problema está en la estructura de costes. Moove Cars no es un autónomo con su coche, como en el taxi. Para funcionar, necesita pagar cada mes:
Cuotas de leasing o renting por la mayoría de sus coches.
Seguros y mantenimiento para toda la flota.
Salarios a miles de conductores.
Gastos de oficina, gestión y personal administrativo.
Aun con mucho volumen de viajes, el margen que les queda después de pagar todos esos gastos es muy pequeño. Y lo poco que queda se lo comen los intereses de la deuda millonaria que tienen con Uber.
Esto significa que si Uber dejara de prestarles dinero, Moove Cars tendría serias dificultades para mantener su flota y su operativa. Su crecimiento y supervivencia dependen de una financiación continua, no de beneficios reales generados por la actividad diaria.
En cambio, el taxi trabaja con costes mucho más controlados, sin depender de un único socio que marque tarifas o condiciones, y con un modelo que puede sostenerse por sí mismo. Por eso, aunque desde fuera las VTC parezcan muy poderosas, en realidad su negocio camina siempre al borde del precipicio financiero.